
por Inés Zendán
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Val Rojas sale de la prisión estatal de Santa Rosa después de seis años que no eran suyos. Se comió la culpa de un golpe de su hermano Elías a cambio de una sola cosa: que cuidara de su hija. En el aparcamiento no hay ninguna niña. Hay un coche patrulla, y Elías apoyado en el capó con una placa de mando nueva en el cinturón. Sofía está en acogida. Y sale cuando Val haga un último trabajo. El trabajo es un furgón de pruebas. El equipo es ella y Marco Herrera, un técnico que arrastra con el cártel Salazar una deuda que nunca se cifró y que, por lo tanto, no tiene final. Lo que Elías no les cuenta es que en el furgón no hay dinero: está la contabilidad completa del cártel —quién cobró, cuánto y hasta qué bolsillo— y que los dos tienen que morir esa noche para que la historia cuadre. No mueren. Escapan con ello a los pantanos, con la ciudad entera detrás y algo en la bolsa que nadie puede leer, ni ellos ni los dueños. Solo pueden hacer una cosa con eso: cobrar. Novela negra de acción. Aquí nadie sale limpio.