
por Irene Maciá
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Entre los géneros más concurridos en la Historia del Arte, el desnudo ha sido uno de los que más ha dado de qué hablar. A pesar de que ya se ha asimilado como una representación más de la naturaleza en manifestaciones como la pintura o la escultura, no ha estado exento de polémicas por el trazo de sus límites. Especialmente, cuando las expresiones artísticas se hallan en constante expansión, más en la presente época del auge audiovisual. La controversia ha sido constante en el cristianismo, al cual no pocas veces le ha acechado la sombra del puritanismo. De maneras más o menos acertadas durante el transcurrir de los siglos, la teología moral lucha por preservar aquello que se ve más allá de la piel: la dignidad del ser humano en su relación personal con Dios. ¿Cómo se puede mostrar un cuerpo sin que se derrumbe como templo del Espíritu Santo? Arte y ética al desnudo es un desafío literario en el que se explora la belleza de dichas dimensiones bien encajadas, supeditado a la autoridad divina de la Biblia y con las referencias teóricas de la Teología del Cuerpo de San Juan Pablo II en su faceta menos papal: la del filósofo personalista.